Tragicomedia de los entornos virtuales

“No hay mayor maravilla que, maestros formando el cuerpo y el alma”

A las seis de la mañana, suenan las alarmas en los hogares para despertarse a la virtualidad. Estudiantes medio dormidos, desayunan y entran a los encuentros sincrónicos, mientras profesores se bañan en sabiduría para enseñar y directivos posponen la alarma. Es un día frío, pero que no falte el café.

Los profesores saludan a sus estudiantes, les piden encender la cámara y ¡ay del que no tenga el uniforme!, empieza el discurso del docente y un estudiante apaga la cámara para dormir un rato más. Todo el alumnado hace lo mismo, pero para desayunar o ir al baño. Comienza el profesor a preguntar sobre el tema y más de uno improvisa.

Parece un día normal, pero siempre hay algo nuevo. Por ejemplo, el profesor de filosofía se volvió creyente, mi mamá amaneció enferma y hay otro tema de matemáticas que no entiendo. Las clases en línea se me hacen pesadas, pero mientras el profesor de tecnología explica por qué es importante cocinar, yo me dedico a ver los chismes del día.

Nadie entiende la clase, pero cuando el profesor se despide, todos los estudiantes le agradecen. Pasan unos minutos, y afanados nos vamos conectando al siguiente encuentro. Mitad de los alumnos están atentos a la cátedra del profesor y la otra mitad viendo memes y haciendo stickers. El profesor nos pone a participar y da por terminada la jornada escolar.

Cuando se acaban las clases, me voy a jugar FIFA, mientras chateo con mis amigos. Y ahí mi mamá me pide que vaya a la tienda por 500 de cilantro… ¡no pueden ver a un pobre acomodado!; así que me visto y salgo de una vez con mi perro para pasearlo.

Compro el cilantro y mientras estoy paseando a mi perro, siento un cuchillo en mi espalda, un señor me pide que guarde silencio y que le pase todo lo que tenga. En ese momento recordé que mi profesora preferida, decía que la matemática me iba a servir para todo en la vida, entonces empecé a calcular el número de puñaladas que me llevaría si no entregaba mi celular; también logré sacar la tangente del ángulo que formaban mi espalda y el puñal, y luego de unas divisiones y sumas, me robaron.

Volví a casa asustado, pero tenía que hacer tareas, así que sin importar mi salud mental, comencé.

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