Cuaresma: tiempo de conversión y de gracia, con dirección pascual

“Oh Dios crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Salmo 51, 12)

En el camino del año litúrgico donde recorremos la historia de la Salvación, nos encontramos ahora, luego de los tiempos fuertes del Adviento y la Navidad, con el tiempo de gracia de la Cuaresma.

Sabiamente, la Iglesia, en preparación al Tiempo Glorioso de la Pascua nos pone un tiempo de cuarenta días; siendo interesante la elección de este número debido a que: cuarenta días estuvo Jesús en el desierto, cuarenta años estuvo el pueblo de Israel en el desierto, cuarenta días y cuarenta noches llovió durante el diluvio, cuarenta días ayunó el profeta Elías hasta encontrarse con Dios en el Horeb; todas estas por poner solo algunas referencias del número cuarenta en la Biblia. Por lo que encontramos en las referencias, siempre el periodo de cuarenta está ligado a un tiempo de: purificación, soledad, avance hacia una realidad mejor, santificación, preparación al encuentro con Dios, tribulación en la que Dios protege, desierto y prueba. Pues las anteriores referencias bíblicas nos dan algunas claves para vivir el tiempo de Cuaresma: como Jesús, desprendidos de las realidades terrenales para estar centrados en las celestiales por medio del ayuno, la abstinencia y enfrentando con la Palabra de Dios y la oración las tentaciones de Satanás; como el pueblo de Israel, saliendo de la esclavitud del pecado y avanzando a la tierra prometida de la gracia; como Noé  y cuántos iban en el Arca, que mientras estaba la tierra inundada permanecían protegidos, así también Dios en previsión del pecado nos ha dado las herramientas de la gracia para protegernos, el ayuno, la limosna, la oración, la confesión; y como Elías que luego de prepararse, de forma especial con el ayuno en el desierto, subió al monte del Señor, así luego de prepararnos en el desierto de la cuaresma subiremos a la cumbre de la alegría Pascual donde nos encontraremos con Jesús resucitado, y terminado el curso de nuestra vida subir al monte del Señor y habitar en el recinto sacro.

Iniciamos este tiempo con el signo especial de la ceniza, signo que indica nuestro estado de penitencia y nuestro propósito de cambio, pero de manera muy especial es signo de nuestra condición de dependencia de Dios, aquel que nos ha tomado del polvo de la tierra y nos ha dado vida con su aliento (Gn 2, 7), nos invita a recordar nuestra débil condición humana que solo es levantada por la gracia y la misericordia de Dios, nos hace bajarnos de nuestra soberbia y nuestro orgullo para ver la grandeza de nuestro hacedor por quién existimos, y al reconocer nuestra nada, reconocemos el todo de Dios, le obedecemos y volvemos nuestra mirada a Él, quién nos recuerda que polvo somos y al polvo volveremos (Gn3, 19b).

En la liturgia del día inaugural de la cuaresma también se nos presentan tres elementos que debemos guardar para vivir el tiempo de conversión como Jesús quiere: “La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”.(Mensaje del Papa para la Cuaresma del 2021).

No podemos mirar la Cuaresma de otra manera sino con ojos pascuales, es Cristo quién en su cruz: nos abre el cielo y nos permite que nos sean perdonados nuestros pecados, nos hace dignos de las gracias del Padre y nos recupera la condición de hijos, saliendo de nuestra condición de esclavos. Es Cristo quién con su resurrección nos abre una esperanza de encuentro con Dios luego del desierto, quién nos invita a no quedarnos muertos, sino a salir de nuestros sepulcros, los mismos que hemos construido y alimentado, pero con el detalle de que no es de otra manera como podemos resucitar a una vida nueva sino siendo resucitados por por el amor del Padre, aquel que resucitó a Jesús (Hch 5, 30).

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